Perderse para reencontrarse: los cambios que ninguna mujer elige pero todas atraviesan
Las mujeres atravesamos tantos cambios —la pubertad, migrar, casarnos, ser madres, empezar de nuevo— que a veces perdemos de vista quiénes somos. Una reflexión sobre reencontrarse sin abandonarse en el camino.
8 de agosto de 2026
¿Cuántas veces nos perdemos las mujeres a lo largo de una vida?
Hoy me he puesto a analizar mi vida.
A hacer retrospectiva.
Y me he dado cuenta de algo que, aunque probablemente siempre había estado ahí, nunca había sabido poner en palabras: las mujeres pasamos por tantos procesos de cambio a lo largo de nuestra vida que, muchas veces, ni siquiera nos damos cuenta de todo lo que hemos tenido que sostener.
Cambios que llegan sin pedir permiso.
El primer periodo.
El pecho que empieza a crecer.
El vello púbico.
El cuerpo que cambia.
La niña que, de repente, empieza a habitar un cuerpo que ya no reconoce del todo.
Y después vienen los otros cambios.
Los que no son solamente físicos.
Los cambios que elegimos.
Los que nos lanzan a lo desconocido.
En mi caso, irme de mi país. Dejar atrás lo conocido y empezar de cero en otro lugar. Después cambiar de ciudad dentro de ese nuevo país. Volver a mi país para casarme con el hombre de mi vida. Volver a empezar cuando él vino a vivir conmigo a ese nuevo país.
Después llegó una hija.
Y con ella llegó otra versión de mí.
También me pasó cuando tuve que dejar a mi hija mayor, a los 16 años, para irme a estudiar a una ciudad que no conocía de nada: La Habana.
Me pasó cuando tuve mi primer periodo.
Cuando me salió el pecho.
Cuando mi cuerpo dejó de ser el cuerpo de una niña.
Me pasó tantas veces que hoy me pregunto:
¿Cuántas veces puede una mujer reconstruirse sin perderse por el camino?
Porque cambiar ya es difícil.
Pero hay algo todavía más difícil: cambiar sin dejarte a ti misma atrás.
Y creo que de eso hablamos muy poco.
Hablamos de adaptarnos.
De ser fuertes.
De reinventarnos.
De sacar adelante a nuestros hijos.
De acompañar a nuestras parejas.
De mudarnos.
De empezar de nuevo.
De estudiar.
De trabajar.
De cuidar.
De sostener.
De poder con todo.
Pero pocas veces hablamos del precio emocional de hacerlo.
Porque en cada proceso de cambio hay una pequeña pérdida.
Hay una versión de ti que se queda atrás.
La niña que eras.
La adolescente que fuiste.
La mujer que vivía en aquel país.
La que tenía aquella ciudad como hogar.
La que todavía no era madre.
La que era madre de una sola hija.
La que tenía sueños diferentes.
La que todavía no sabía lo que sabía después.
Y quizá el problema no es cambiar.
Quizá el problema es que nos han enseñado que tenemos que atravesar todos esos cambios sin permitirnos hacer duelo por quienes fuimos.
Y así vamos acumulando.
Una versión encima de otra.
Una despedida encima de otra.
Una responsabilidad encima de otra.
Hasta que un día nos preguntamos por qué estamos tan cansadas.
Por qué estamos agotadas.
Por qué sentimos que necesitamos parar, aunque aparentemente no haya ninguna razón para hacerlo.
Y entonces pienso:
¿Cómo no vamos a terminar extenuadas?
Si además de todos los cambios que atravesamos, llevamos una carga mental que muchas veces nadie ve.
Pensamos en lo que falta.
En lo que necesitan los demás.
En lo que hay que organizar.
En lo que hay que resolver.
En lo que no podemos olvidar.
En lo que viene mañana.
Y mientras tanto, intentamos no olvidarnos de nosotras mismas.
Aunque muchas veces somos precisamente nosotras las últimas de la lista.
Hoy me doy cuenta de que quizá no me he perdido una sola vez.
Me he perdido muchas veces.
Me perdí cuando me fui.
Me perdí cuando llegué.
Me perdí cuando tuve que volver.
Me perdí cuando me convertí en esposa.
Me perdí cuando me convertí en madre.
Me perdí cuando tuve que volver a empezar.
Me perdí cada vez que mi vida cambió lo suficiente como para obligarme a descubrir quién era ahora.
Pero también creo que hay algo hermoso en darse cuenta.
Porque quizá encontrarse no significa volver a ser quien eras.
Quizá encontrarse significa mirar todas esas mujeres que has sido y decirles:
“Gracias. Lo hicisteis lo mejor que pudisteis.”
Y después preguntarte, por primera vez en mucho tiempo:
“¿Y ahora quién quiero ser yo?”
Porque cambiar es inevitable.
Perdernos, quizá también.
Pero creo que perdernos no debería ser el precio que pagamos las mujeres por crecer, amar, emigrar, maternar, construir una familia, perseguir nuestros sueños o simplemente vivir.
Y quizá ha llegado el momento de aprender a atravesar nuestros cambios sin abandonarnos en el camino.