Emocional

No extraño solo mi país. Extraño quién era allí.

Migrar no siempre duele por el lugar que dejaste. A veces duele por la versión de ti que se quedó viviendo allí.

20 de mayo de 2026

No extraño solo mi país. Extraño quién era allí.

Hay una nostalgia que no cabe en la palabra país.

Porque una no extraña solo una calle, una comida, una forma de hablar o una casa. A veces lo que se extraña es algo más difícil de explicar: la versión de una misma que existía allí.

La que entendía los códigos sin traducirse. La que sabía cómo moverse. La que no tenía que explicar cada gesto. La que reconocía el tono de una conversación antes de que terminara la frase.

Esa versión también era hogar.

Y cuando migras, no siempre te das cuenta de que no solo estás dejando un lugar. También estás dejando una manera de ser que solo funcionaba completa en ese contexto.

Liudmila junto a mujeres de su historia familiar

Durante mucho tiempo pensé que extrañar mi país era extrañar lo obvio.

La familia. La comida. La música. La manera en que la gente se mira, se llama, se interrumpe, se ayuda, se mete en tu vida sin pedir demasiado permiso.

Y sí, claro que eso se extraña.

Pero con los años entendí que también extrañaba una versión mía que allí no tenía que esforzarse tanto por ser leída correctamente.

La mujer que no necesitaba traducir su humor. La que no tenía que pensar dos veces si una palabra sonaba demasiado fuerte, demasiado cubana, demasiado directa. La que pertenecía sin hacer una presentación previa de su historia.

Emigrar te vuelve muy consciente de ti.

De cómo hablas. De cómo caminas. De cómo pides algo. De cómo dices que no. De cómo ocupas un espacio. De cómo explicas de dónde vienes sin convertir tu vida en una ficha biográfica.

Y esa conciencia constante cansa.

No porque el nuevo lugar sea malo. No porque una no agradezca lo que ha podido construir. No porque quiera vivir instalada en el pasado.

Cansa porque adaptarse también exige una parte silenciosa de tu energía.

Una parte que nadie ve.

Liudmila con su familia en una etapa de vida reconstruida

Hay días en los que miro mi vida de ahora y siento orgullo.

Orgullo por haber empezado de nuevo. Por haber aprendido otros ritmos. Por haber sostenido a mi familia mientras también intentaba sostenerme a mí. Por haber construido una identidad que no existía antes de migrar.

Pero el orgullo no cancela la nostalgia.

Una puede estar agradecida y aun así echar de menos. Puede sentirse fuerte y aun así tener días de duelo. Puede amar lo que está construyendo y aun así recordar con ternura a la mujer que fue antes de tener que reinventarse.

Creo que eso es algo que muchas personas migrantes callamos: la presión de demostrar que estamos bien.

Como si extrañar fuera ingratitud. Como si decir “me duele” significara que una no valora la oportunidad. Como si hablar del duelo migratorio fuera quedarse atrás.

Pero no.

Extrañar también es una forma de reconocer lo que nos formó.

No extraño solo mi país.

Extraño quién era allí.

La que tenía cerca ciertas miradas. La que no medía tanto sus palabras. La que se sabía parte de una historia compartida. La que no tenía que construir pertenencia desde cero.

Y al mismo tiempo, también estoy aprendiendo a querer a esta versión de mí.

La que se hizo más observadora. La que aprendió a empezar conversaciones nuevas. La que convirtió la nostalgia en escritura. La que entendió que pertenecer no siempre ocurre de golpe; a veces se va bordando despacio, con paciencia, con cansancio, con pequeños rituales.

Quizás migrar sea eso también.

No reemplazar una vida por otra. No borrar una versión para que nazca la siguiente. No obligarte a elegir entre la que fuiste y la que eres.

Quizás migrar sea aprender a llevarlas a las dos dentro.

La de allí. La de aquí. La que recuerda. La que construye. La que duele. La que sigue.

Porque una no deja de ser de donde viene.

Solo aprende, con el tiempo, a existir en más de un lugar.

Y a veces el verdadero trabajo emocional no es dejar de extrañar.

Es dejar de sentir culpa por hacerlo.