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¿Qué hacer cuando sientes que la maternidad y la vida en pareja te quedan grandes?

Una reflexión honesta sobre sentir que la maternidad y la vida en pareja te sobrepasan, sin dejar de querer a tu familia.

5 de agosto de 2026

¿Qué hacer cuando sientes que la maternidad y la vida en pareja te quedan grandes?

Hay pensamientos que cuesta muchísimo reconocer en voz alta porque parece que están prohibidos. Uno de ellos es este: sentir que la maternidad y la vida en pareja te sobrepasan.

Vivimos en una sociedad que nos vende una imagen muy concreta de la felicidad: casarte, formar una familia, tener hijos y disfrutar de esa vida como si fuera el destino perfecto para todo el mundo. Pero ¿qué pasa cuando llegas ahí y descubres que no eres feliz?

Durante mucho tiempo me he sentido como un bicho raro. Como alguien fuera de lugar. Como si este mundo no estuviera hecho para mí.

Y no porque no quiera a mi hija. No porque no valore a mi familia. Sino porque, siendo completamente sincera, siento que yo no nací para este tipo de vida.

Es duro escribirlo. Incluso da miedo. Pero también creo que muchas personas sienten algo parecido y nunca se atreven a decirlo por miedo a ser juzgadas.

Si pudiera volver atrás, con todo lo que sé hoy, probablemente no tomaría las mismas decisiones. Y decir eso no significa que no quiera a mi hija. Significa que ahora tengo una experiencia y una conciencia que antes no tenía. Supongo que a muchas personas les pasaría lo mismo si pudieran volver al pasado con los conocimientos que tienen hoy.

Yo siempre he necesitado paz. Tranquilidad mental. Espacio para pensar, crear y trabajar.

Disfruto emprendiendo, construyendo proyectos, aprendiendo cosas nuevas y sintiendo que avanzo. Sin embargo, muchas veces termino mi jornada de trabajo con ganas de seguir creando y, de repente, tengo que dejarlo todo porque mi hija necesita salir, jugar o simplemente cambiar de ambiente.

Por ejemplo, ir a la playa.

Sé que para ella es un momento maravilloso. Sé que lo disfruta. Pero, si soy completamente honesta, muchas veces yo estoy allí deseando estar en otro sitio. No porque no quiera estar con ella, sino porque mi mente está en otra parte.

Y eso me hace sentir culpable.

Porque parece que una buena madre debería disfrutar cada segundo con sus hijos. Pero la realidad es que no todas vivimos la maternidad igual. Y creo que es importante dejar de fingir que sí.

A esto se suma la convivencia en pareja.

Con el tiempo he descubierto que una de las cosas que más necesito es sentir que puedo expresar cómo me siento sin que la otra persona se lo tome como un ataque.

Hace poco, mientras trabajaba, escuché a mi hija gritar y automáticamente me puse en alerta porque pensé que le había pasado algo.

Lo comenté, simplemente para explicar cómo me había sentido.

Sin embargo, la respuesta fue algo como: “Pues ya no se hacen más cosquillas en esta casa”.

Y ahí sentí que no se había entendido el mensaje.

Yo no estaba diciendo que dejaran de jugar.

Lo que necesitaba era una conversación.

Algo tan sencillo como: “Entiendo que te hayas preocupado. La próxima vez, si jugamos y empieza a gritar, te avisamos para que sepas que todo está bien.”

Eso, para mí, habría sido suficiente.

No necesito que todo cambie por mí. Necesito sentir que mis emociones son escuchadas y que buscamos soluciones juntos.

Quizá mi sensibilidad sea distinta.

Quizá mi manera de procesar las cosas también.

Pero cuando ya estoy haciendo el esfuerzo de explicar cómo me siento, lo último que necesito es sentir que mi emoción ha sido invalidada.

Con los años me he dado cuenta de algo que me cuesta admitir.

Desde que vivo en pareja y soy madre, siento que vivo constantemente superada.

Como si este estilo de vida no encajara con la persona que soy.

Y no sé si eso cambiará algún día.

Tal vez sí.

Tal vez no.

Lo único que sé es que callarlo no hace que desaparezca.

Por eso he decidido escribirlo.

Porque quizá haya otra mujer leyendo estas palabras sintiéndose exactamente igual.

Quizá piense que es una mala madre.

Que es una mala esposa.

Que hay algo roto dentro de ella.

Y quiero decirle que, aunque no tenga respuestas, no está sola.

Hablar de estas emociones no nos convierte en peores madres ni en peores personas.

Nos convierte en seres humanos.

Y ojalá algún día podamos hablar de la maternidad, de la pareja y de la salud mental con la misma naturalidad con la que hablamos de cualquier otra etapa de la vida.

Porque solo cuando dejamos de fingir que todo va bien, empezamos a encontrar las conversaciones que realmente pueden ayudarnos.