Emocional

También soy elegante cuando no tengo energía para peinarme

Hay días en los que el autocuidado no se parece a estar perfecta. A veces se parece a dejar de pelearte contigo misma.

16 de mayo de 2026

También soy elegante cuando no tengo energía para peinarme

Hay días en los que no quiero peinarme.

Y ya.

No porque esté triste.
No porque me haya rendido.
No porque haya dejado de querer verme bonita.

Simplemente porque el cabello rizo requiere energía.

Y hay días en los que esa energía no está disponible.

No siempre se habla de esto con honestidad, pero sostener una imagen también cansa. Estar guapa, arreglada, presentable, femenina, coqueta, incluso cuando es “para una misma”, también puede sentirse como una tarea más en una lista invisible de cosas que una debería poder hacer sin esfuerzo.

Pero a veces cuesta.

A veces peinar el afro cuesta.

Cuesta desenredar.
Cuesta decidir qué hacer con él.
Cuesta mirarte al espejo y no convertir ese momento en una negociación contigo misma.
Cuesta sentir que para salir al mundo tienes que resolver primero algo que, aunque forma parte de ti, también te pide tiempo, brazos, paciencia y presencia.

Y no todos los días una tiene todo eso.

Durante mucho tiempo pensé que la feminidad tenía que sostenerse desde cierta impecabilidad. Como si verme mujer, sentirme mujer o habitar mi coquetería dependiera de tenerlo todo bajo control: el pelo, la ropa, la cara, la actitud, la energía.

Pero la vida real no funciona así.

Hay días en los que el cuerpo está cansado. Hay días en los que la cabeza está llena. Hay días en los que una no quiere entrar en batalla con el peine, con los rizos, con el espejo ni con esa voz que aparece a decir: “deberías arreglarte mejor”.

Entonces hago algo muy mío.

Me pongo un paño en la cabeza.
Unos aretes grandes.
Un labial.
Y sigo siendo coqueta por la vida.

No desde la perfección. Desde la reconciliación.

Porque entendí algo importante: la elegancia emocional también es dejar de pelearte contigo misma.

No necesito verme impecable para sentirme mujer. No necesito cumplir con una versión perfectamente arreglada de mí para reconocer mi belleza. No necesito demostrarle a nadie, ni siquiera a mí, que puedo con todo todos los días.

A veces el autocuidado no es hacer más.

A veces es no exigirte tanto.

Detalle de estilo con pañuelo y presencia

Mi afro es hermoso. También es demandante. Y decir eso no le quita valor ni orgullo. Al contrario: me permite relacionarme con él desde un lugar más humano.

Porque amar una parte de ti no significa que nunca te pese cuidarla.

Puedes amar tu pelo y aun así no querer peinarlo un día.
Puedes sentirte bonita y aun así no tener ganas de producir una imagen completa.
Puedes cuidar tu feminidad sin convertirla en una obligación diaria de rendimiento.

Eso también es madurez emocional.

Aprender a no convertir cada gesto de cansancio en una acusación contra ti.

A veces mi feminidad se parece más a una bufanda hecha pañuelo que a un peinado impecable.

Y honestamente, creo que ahí también hay belleza.

Hay belleza en resolver con lo que tienes.
En no abandonarte, pero tampoco exigirte de más.
En encontrar una forma de sentirte tú sin violentarte.
En aceptar que algunos días la coquetería no nace de tenerlo todo perfecto, sino de hacer un pequeño gesto que te devuelve a ti.

Un color en los labios.
Unos aretes.
Un pañuelo bien puesto.
Una mirada menos dura contigo.

Retrato íntimo de Liudmila

Creo que muchas mujeres vivimos cansadas de tener que estar siempre disponibles para vernos bien.

Como si la naturalidad también tuviera que estar editada. Como si descansar de la imagen fuera descuidarse. Como si no estar perfectamente arreglada significara que una se soltó, que se apagó, que se dejó.

Pero no siempre es así.

A veces una no se está dejando. A veces una se está escuchando.

Y escucharte también puede ser elegante.

Elegante no en el sentido rígido de la palabra. No esa elegancia fría que parece intocable. Hablo de otra elegancia: la de tratarte con respeto incluso cuando no estás en tu mejor día. La de no insultarte por estar cansada. La de no convertir tu pelo, tu cuerpo o tu imagen en enemigos.

La elegancia emocional, para mí, también vive ahí.

En esos días en los que eliges no pelear.
En esos días en los que haces lo posible sin castigarte por no hacer lo ideal.
En esos días en los que recuerdas que sigues siendo tú, aunque el afro no esté perfectamente definido, aunque el peinado no haya salido, aunque hayas elegido un pañuelo para seguir adelante.

Porque la belleza no desaparece cuando una simplifica.

A veces cambia de forma.

Y quizás ese sea el descanso más bonito: entender que no tengo que estar perfecta para pertenecerme.

Para cerrar

Si hoy tu forma de cuidarte no se parece a la versión más arreglada de ti, no la desprecies.

A veces cuidarte es peinarte con calma.
A veces cuidarte es ponerte un pañuelo.
A veces cuidarte es salir igual, sin pedirte permiso para ser mujer de una sola manera.

Te leo: ¿también hay días en los que arreglarte se te hace grande?