Cómo dejar de poner excusas sin convertir todo en culpa
No toda dificultad es una excusa y no todo depende de ti. La pregunta útil es otra: dentro de lo ocurrido, ¿qué parte sí estaba en tus manos?
29 de septiembre de 2026
Hay frases que pueden explicar perfectamente por qué algo no ocurrió.
No tuve tiempo.
Estaba cansada.
Surgió un problema.
No sabía cómo hacerlo.
No era el momento.
Dependía de otra persona.
Tenía demasiadas cosas.
Y quizá sean completamente ciertas.
Por eso nunca me ha convencido demasiado esa forma de hablar de las excusas en la que parece que cualquier explicación es una mentira y cualquier dificultad puede resolverse simplemente queriendo más.
La vida tiene límites reales.
Hay circunstancias que no elegimos.
Responsabilidades que no podemos eliminar.
Problemas que aparecen sin pedir permiso.
Y cosas que, sencillamente, no dependen de nosotros.
Pero reconocer todo eso no elimina otra pregunta.
Una bastante más incómoda:
Dentro de lo que ocurrió, ¿había alguna parte que sí dependía de mí?
Para mí, ahí empieza una conversación interesante sobre las excusas.
No en negar la realidad.
En distinguirla de aquello que todavía podíamos elegir.
Una razón y una excusa pueden sonar exactamente igual
Imagina:
“No tuve tiempo.”
Puede ser completamente cierto.
Tu día se complicó de una manera imposible de prever.
Pero también puede significar:
“Sí tuve veinte minutos, pero los utilicé en otra cosa.”
O:
“Esta tarea nunca llegó a ser suficientemente prioritaria como para reservarle tiempo.”
O incluso:
“Sabía que necesitaba hacerlo, pero no quería enfrentarme a ello.”
La frase es la misma.
La información que contiene puede ser completamente distinta.
Por eso no creo que exista una lista universal de frases que sean excusas.
Me interesa más preguntar:
¿Esta explicación me ayuda a entender lo ocurrido o me ayuda a cerrar la conversación sin mirar nada más?
Ahí aparece una diferencia importante.
Una explicación debería darte información para la próxima vez
Supongamos que querías trabajar una hora en un proyecto y no pudiste porque tuviste que atender un imprevisto familiar.
Eso es información.
Quizá no había absolutamente nada que pudieras hacer.
Pero ahora imagina que ocurre todas las semanas.
Entonces aparece una pregunta nueva:
¿Mi plan depende de una hora que en realidad nunca tengo garantizada?
Fíjate en el cambio.
No necesitas concluir:
“Estoy poniendo excusas.”
Puedes concluir:
“Estoy diseñando mal este espacio.”
La explicación no desaparece.
El imprevisto sigue siendo real.
Pero ahora también has encontrado una parte sobre la que puedes actuar.
Eso es responsabilidad sin necesidad de culpa. Es la misma forma de revisar sin castigarte que proponía en cómo cumplir lo que me propongo sin volver a empezar cada lunes.
Responsabilidad no significa que todo sea culpa tuya
Creo que estas dos palabras se mezclan demasiado.
Culpa pregunta:
¿De quién es la culpa de que esto haya ocurrido?
Responsabilidad puede preguntar algo diferente:
¿Qué puedo hacer yo a partir de aquí?
No son necesariamente lo mismo.
Puede ocurrirte algo que no provocaste.
Puedes encontrarte con una limitación que no elegiste.
Otra persona puede incumplir.
Puede aparecer una circunstancia externa.
Nada de eso necesita convertirse mágicamente en responsabilidad tuya.
Pero después de reconocerlo puedes preguntar:
¿Qué decisión sigue estando en mis manos?
A veces será mucha.
A veces muy poca.
Y algunas veces será prácticamente ninguna.
La clave está en no apropiarte de lo que no controlas, pero tampoco entregar automáticamente aquello que sí.
Prueba tres columnas: HECHO / EXPLICACIÓN / MARGEN
Esta es la herramienta que utilizaría para empezar.
Piensa en algo que no hiciste, no terminaste o no salió como esperabas.
Divide una hoja en tres.
De la explicación al margen
1. Hecho
¿Qué ocurrió, sin interpretarlo?
No envié la propuesta el viernes.
2. Explicación
¿Qué pasó alrededor?
El jueves apareció trabajo urgente y el viernes todavía faltaba revisar el precio.
3. Margen
¿Qué parte podía haber hecho diferente?
Podría haber avisado el jueves de que necesitaba un día más.
HECHO
Escribe únicamente lo que ocurrió.
Sin interpretar.
Por ejemplo:
No envié la propuesta el viernes.
No:
“Volví a hacerlo fatal.”
No:
“Soy incapaz de cumplir una fecha.”
Solo el hecho.
EXPLICACIÓN
Ahora escribe qué ocurrió alrededor.
El jueves apareció trabajo urgente y el viernes todavía faltaba revisar el precio.
Perfecto.
No intentes decidir todavía si es una razón legítima o una excusa.
Solo registra.
MARGEN
Ahora pregunta:
¿Qué parte de esto podía haber hecho diferente?
Quizá:
“Podría haber avisado el jueves de que necesitaba un día más.”
O:
“Podría haber decidido el precio antes.”
O:
“No había nada razonable que pudiera cambiar esta vez.”
Las tres respuestas son posibles.
Eso es precisamente lo importante.
El ejercicio no existe para declararte culpable.
Existe para encontrar margen de acción.
Hay una palabra que delata muchas excusas: «pero»
Quería hacerlo, pero…
Iba a empezar, pero…
Sé que debería, pero…
No siempre lo que viene después es una excusa.
Pero merece atención.
Prueba un pequeño cambio de lenguaje.
En lugar de:
“Quería escribir, pero estaba cansada.”
escribe:
“Quería escribir y estaba cansada. Elegí no escribir.”
Puede sonar incómodo.
Pero observa lo que ocurre.
Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
Querías escribir.
Estabas cansada.
Y finalmente elegiste no hacerlo.
Ahora tienes una decisión que puedes mirar.
Quizá mañana vuelvas a tomar exactamente la misma decisión.
Y puede estar bien.
Quizá necesitabas descansar.
La diferencia es que ya no necesitas disfrazar una elección como si no hubiera existido.
A veces la excusa está protegiendo algo
No siempre evitamos una acción porque seamos vagas o irresponsables.
Podemos evitar algo porque nos incomoda.
Porque no sabemos hacerlo.
Porque tememos equivocarnos.
Porque no queremos recibir una respuesta.
Porque implica una conversación difícil.
Porque hacerlo significaría comprometernos de verdad.
Detrás de algunas justificaciones puede haber miedo, incertidumbre o incomodidad, y suele ayudar más reconocer qué hay detrás antes de intentar cambiar lo que haces. Escribí más sobre esto cuando lo que estás evitando es tomar una decisión por miedo a equivocarte.
Eso cambia la pregunta.
En lugar de:
“¿Qué excusa estoy poniendo?”
puedes preguntar:
“¿Qué me evita sentir o enfrentar esta explicación?”
No siempre habrá algo profundo detrás.
A veces simplemente preferiste ver una serie.
También pasa.
Pero otras veces la respuesta te enseñará el verdadero problema. Cuando lo que se evita es empezar, se parece mucho a lo que contaba en cómo dejar de procrastinar cuando sabes perfectamente lo que tienes que hacer.
«No tengo tiempo» merece una segunda pregunta
Esta probablemente sea una de nuestras explicaciones favoritas.
Y muchas veces es cierta.
Pero precisamente porque el tiempo es limitado, hay una pregunta que ayuda:
¿No tuve tiempo o no tuvo prioridad suficiente frente a otras cosas?
No es lo mismo.
Si tu hija necesitó ir al médico, probablemente otra cosa dejó de ser prioritaria.
Eso no es una excusa.
Es una elección perfectamente razonable ante una circunstancia.
Pero quizá dijiste durante tres meses:
“No tengo tiempo para trabajar en mi proyecto.”
Mientras otras actividades sí conservaron su espacio.
Entonces puede que la información sea:
ahora mismo no lo estoy priorizando.
Eso puede doler un poco más que “no tengo tiempo”.
Pero también es mucho más útil.
Porque puedes decidir.
¿Quiero cambiar esa prioridad?
¿O quiero dejar de exigirme un objetivo que ahora mismo no estoy dispuesta a priorizar?
Ambas respuestas son más honestas que permanecer indefinidamente en medio.
Hay algo liberador en admitir «no quiero»
No quiero hacerlo.
Qué frase.
Nos cuesta muchísimo.
Preferimos:
No puedo.
No tengo tiempo.
Ya veremos.
Ahora no es buen momento.
Quizá más adelante.
Porque decir:
“Podría hacerlo, pero no quiero pagar ahora mismo el coste que implica”
nos obliga a asumir una elección.
Y no todas las elecciones tienen que ser productivas.
Puedes decidir no hacer algo.
Puedes decidir abandonar un objetivo.
Puedes decidir que ahora no es prioritario.
Puedes decidir que el coste ya no compensa.
La responsabilidad personal no consiste en obligarte a cumplir absolutamente todo lo que alguna vez dijiste que querías.
También consiste en dejar de fingir que sigues queriendo cosas que ya has decidido no priorizar.
La prueba de la misma explicación
Hay otra herramienta sencilla.
Cuando aparezca una explicación, pregúntate:
¿Cuántas veces he utilizado esta misma explicación para el mismo resultado?
Una vez:
información.
Dos:
quizá coincidencia.
Muchas veces:
posiblemente patrón.
“No tuve tiempo.”
“No era el momento.”
“Estaba cansada.”
“Necesitaba prepararme un poco más.”
“Cuando termine esto empiezo.”
Si una frase acompaña repetidamente al mismo incumplimiento, no necesitas prohibírtela.
Necesitas investigarla, igual que hablaba de mirar las excusas que se repiten en no necesitaba otra frase motivacional: necesitaba verme con honestidad.
¿Qué tendría que cambiar para que esta explicación dejara de producir siempre el mismo resultado?
Esa pregunta devuelve capacidad de acción.
Un registro de excusas que no sirve para castigarte
Durante siete días puedes hacer algo muy sencillo.
Cada vez que detectes una explicación después de no hacer algo importante, registra cuatro cosas:
Registro de siete días
Quería
¿Qué había decidido hacer?
Ocurrió
¿Qué pasó realmente?
Me expliqué
¿Qué me dije después?
Mi margen era
¿Qué parte —si alguna— dependía de mí?
No intentes corregirte inmediatamente.
Primero reúne datos.
Al final de la semana mira si alguna frase se repite.
Quizá descubras:
“Siempre digo que no tengo tiempo cuando dejo una tarea para la noche.”
O:
“Digo que todavía no estoy preparada cuando algo va a ser visto por otras personas.”
O:
“Realmente tengo menos tiempo disponible del que estoy utilizando para planificar.”
Las tres conclusiones requieren soluciones diferentes.
Por eso observar viene antes de exigir.
Sin excusas no significa sin circunstancias
Esta distinción es probablemente la razón por la que el nombre Sin Excusas puede necesitar una explicación.
No significa:
“Todo depende de ti.”
Porque no es verdad.
No significa:
“Si no consigues algo es porque no lo quieres suficiente.”
Tampoco.
Y no significa ignorar cansancio, responsabilidades, dinero, contexto, obligaciones o límites reales.
Para mí significa algo mucho más concreto:
no utilizar aquello que no depende de ti para esconder aquello que sí.
Separar ambas cosas.
Mirar tu margen.
Y decidir qué haces con él.
Ese es el territorio que me interesa.
No la dureza por la dureza.
La responsabilidad que sirve para actuar.
Antes de decir «es que…»
Haz una pequeña pausa.
Y termina estas frases:
El hecho es:
Lo que no dependía de mí era:
Lo que sí dependía de mí era:
Lo que elegí fue:
La próxima vez quiero:
Quizá descubras que hiciste exactamente lo que podías.
Reconócelo.
Quizá descubras que existía una decisión que evitaste.
Reconócelo también.
Ninguna de las dos respuestas necesita convertirse en un juicio sobre quién eres.
Solo necesitas información suficientemente honesta como para elegir el siguiente movimiento.
Porque dejar de poner excusas no consiste en quedarte sin explicaciones.
Consiste en conseguir que tus explicaciones no oculten tus decisiones.
Si quieres llevar este ejercicio más lejos
Sin Excusas parte precisamente de esa conversación: separar circunstancias, decisiones y margen de acción para mirar con más claridad qué depende realmente de ti.
No para culparte por aquello que no controlas.
Para ayudarte a decidir qué haces con aquello que sí.